Necesitamos educar a los jóvenes desde la infancia a tener esa sensibilidad para oír y ver las cosas de Dios. Sin oír y entender esa palabra interior de Dios los jóvenes nunca se pondrán en camino ni tomarán decisiones importantes y significativas en su vida.
La vocación presupone oír esta Palabra encantadora, dentro de un bullicio inmenso, para responder con generosidad y libertad.
Conscientes de las diferencias que existen en nuestras realidades queremos trazar un horizonte común que supere los modos de pensar y de actuar condicionados por intereses menos universales o por rígidas fronteras y abrirnos a las nuevas dimensiones de la Iglesia y de la Congregación.