Nuestra misión participa de la misión evangelizadora de la Iglesia. Un profundo sentido eclesial y de comunión con los representantes de la Iglesia ha marcado la vida del Instituto desde sus inicios. Y esto no es un eslogan para quedar bien, es una convicción profunda de nuestra manera de ser y de hacer porque, como diría Ana María Janer: “Nosaltres estimem l’Església més que la pròpia vida”.

 

Hoy las pobrezas a las cuales hemos de dar respuesta son diversas: familias desestructuradas, emigración creciente, falta de sentido trascendente de la vida que genera desánimo y desorientación.

 

¿Qué podemos hacer para dar respuesta a estas situaciones? Más allá de soluciones puntuales, nuestra aportación tiene que ver con unas actitudes fundamentales: el amor y el servicio. Un amor que no hace querer amar como Dios nos ama. Un servicio que que quiere dar respuesta a la necesidad de los hermanos.

 

Tanto en el campo educativo como en el asistencial, nos planteamos la necesidad de redescubrir la identidad cristiana que ha dado origen a nuestros centros. Desde el respeto al otro diferente de mi, diferente de nosotros, queremos dar a conocer quien somos y que ofrecemos. Con transparencia y coraje, sin complejos. Desde una convicción profunda, eso sí: que la atención a los enfermos y ancianos y la educación de niños y jóvenes son indispensables para cambiar nuestro mundo.