La experiencia carismática de nuestra fundadora nos ayuda a descubrir cómo nuestro carisma se centra en la contemplación y vivencia del misterio del Dios encarnado. Queremos que Jesucristo sea el ideal de vida y la razón de nuestra entrega a los hermanos, como lo es para Ana María Janer.

 

Esta es nuestra identidad más profunda: descubrir a Cristo en el hermano, especialmente en aquel que parece haber perdido el reconocimiento de su propia dignidad.

 

Y por eso tenemos un estilo propio de amar que posee unos rasgos distintivos que configuran nuestra espiritualidad:

 

  • La universalidad del amor: caridad sin fronteras. No hacemos acepción de personas, más bien nos acercamos con  preferencia a los más necesitados. De esta manera queremos reconocer la dignidad de Hijo de Dios de cada ser humano.

  • La identificación con la situación del otro. Intentamos ponernos en la piel del otro, en los zapatos del otro. Queremos asumir la situación ajena como propia para descubrir en todo lo que vivimos la presencia del Señor.

  • La atención a la necesidad de los demás. Procuramos anticiparnos a la necesidad del otro como lo hace una madre por sus hijos. Queremos que nuestro amor sea previsor y que sepamos unir la suavidad en el trato con la firmeza.

  • El amor estable, fiel y misericordioso. Aunque sabemos que la fidelidad hoy no está de moda, apostamos por un amor incondicional que se hace cargo de las debilidades humanas y ayuda a afrontar las dificultades de la vida.