El nucleo esencial de la experiencia carismática de la madre Janer o, dicho de otro modo, el don, el regalo que recibe del Señor es hacer vida lo que tantas veces había escuchado, leído, meditado y rezado de la regla de vida de la Hermanadad de Cervera: amando, consolando, curando y lavando a aquel pobre concreto, a aquel enfermo... amó, consoló, curó y lavó al mismo Jesús.

 

Y esta experiencia espiritual se ve aún enriquecida: ¿cómo cura, cómo consuela al que sufre? Tal como lo hizo el mismo Señor cuando se acercaba al leproso, a la viuda, a los pequeños. Y no se trata de realizar una imitación mimética de lo que Él hizo sino de hacerlo, como dice tan maravillosamente Pablo en la carta a los Filipenses, teniendo sus mismos sentimientos:

 

“Tengan los mismos sentimientos y el mismo amor los unos por los otros, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. (Flp 2, 2-4)

 

Naturalmente, esta experiencia espiritual pasa por la personalidad concreta de Ana María Janer: una mujer decidida, valiente, con una fortaleza y una firmeza, casi podríamos decir, a prueba de bombas. Una mujer que aprende a leer la vida en clave evangélica, a esperar contra toda esperanza, sostenida por el descubrimiento fundamental de su vida en los diferentes momentos que debe afrontar: atención a los enfermos de cólera, a los heridos de guerra, exilio, dirección de la Casa de Misericordia, fundación del Instituto, fundaciones de colegios, casas de caridad y hospitales, revolución de 1868, proclamación de la Primera República, olvido dentro del mismo Instituto. En todos estos episodios hay una constante: Cristo amado y reconocido en el hermano.

 

Ana María Janer dedica, pues, toda su vida al servicio de las personas marginadas de su tiempo: los enfermos pobres e incurables, los apestados, los niños huérfanos, los ancianos solos. La caridad, el amor a Dios y al prójimo, es lo que mueve a esta mujer a actuar, a salir de sí misma para atender la necesidad concreta del otro. Jesucristo, amado, consolado y acariado en cada enfermo, en cada niño, en cada hermana de comunidad, en cada persona necesitada, es el ideal supremo de su vida y la razón de su entrega incondicional al hermano.